DIARIO CRÓNICAS DE ARIES
¿Una obra es de quien la aprecia?

Por Gerardo Borges Aranda – 3 de mayo de 2021

Apreciendo-obras

Cuando miro una pintura, ya sea que esta tenga el valor agregado del reconocimiento general, o que esté en la pared de un rincón escondido de una calle general, es común que piense en su autor. Esa idea recurrente me hace pensar en dos peguntas dentro de la apreciación artística, o mi intento de ello. La primera es ¿Una obra pertenece al artista?, cuestionamiento que el romántico ni se hace y, la otra, ¿es necesario conocer al artista para entender su obra, saber lo que quiso transmitir?

El acto de estar parado enfrente de una pintura, llevándome la mano a la barbilla mientras asiento con la cabeza y frunzo el ceño con aire de intelectualidad, no necesariamente es una provocación del sentimiento o entendimiento de la obra. Bien sabemos cómo esto podría ser fingido porque, seguramente, hemos estado en esa situación. Entonces, si una obra en verdad no me dice nada (o mejor dicho, no sé «escucharla»), tendría yo que seguir mi camino. A menos, por supuesto, que algún artista que guste de observar el comportamiento colectivo genere su obra de tal forma que lo que busque es precisamente esa reacción, pero será más un experimento social. Lo que quiero saber es que, si la obra realmente me genera algo distinto a lo que su autor quiso, ¿esta le sigue perteneciendo?

Mi respuesta automática, debo confesarlo, es que sí, la obra le pertenece. El pintor o pintora podría alterarla después de presentarla para agregar o quitar elementos y así transmitir lo que considere en esos segundo o tercer momentos, lo que crea que en el primero no le satisfizo. Y sí, también creo que, con ello, únicamente él o ella son los que tienen ese privilegio de hacer. Pero una obra, una vez apreciada por otros ojos a los del artista, puede generar sensaciones o interpretaciones tan variadas como diferentes espectadores la observen.

Por otro lado, se dice que una obra de arte cuando es explicada deja de serlo. Por ejemplo, si una obra me genera una emoción cuando la contemplo o, incluso alguna idea en mí que sea distinta a la del artista y después de ello resultara que, en la explicación, la intención del autor es algo distinto a lo que provocó en mí, lo probable es que deje de verla con los mismos ojos y me guste distinto, o menos.

Pero también la situación puede ser diferente ya que hay veces que funciona de manera contraria, esto porque ha habido alguna obra (de cualquier arte) que una vez explicada y conocido las intenciones o algún mensaje a transmitir por su autor, me generan las emociones necesarias para apreciarla como es, entenderla y, como si fuera una idea propia, de esas que surgen satisfactoria y espontáneamente ante un descubrimiento, me pongo en una situación en que puedo comprender totalmente lo que quiso expresar y, como el artista y yo compartimos el mismo entendimiento, me digo, ya siento que soy un poco artista también. Lo entiendo y quizá, siento que yo pudiera haber hecho esa misma obra. Así de grande es el arte.

Lo cierto es que no podría hacerlo, y en ello radica el arte del pintor. Su esfuerzo y devoción, su paciencia y estados de ánimo descontrolados, así como su pericia y talento trabajados, son lo que marcan una distancia entre ellos y el resto de nosotros. El pintor que lo hace para pintores es capaz de mostrar sus distintos conocimientos de estilos, de trazos, de manejo de luces y sombras, de combinación de colores, tamaño de pincel y destreza en su mano. Cosas de ellos.

El pintor que utiliza lo anterior como recursos y herramientas para sellar un instante en el tiempo y con ello busca una unificación de contrastes, que en parte es la belleza misma, y nos genera ideas o sentimientos, sean de él, de ella, o propios, es a quien reconocemos los demás, apreciándole agradecidos. Y ambas, su talento trabajado y su expresión de ideas y emociones, es lo que lo hacen artista. Si en esa práctica genera otro tipo de ideas distintas y sentimientos en los demás, su obra será multifacética, pero nunca se perderá su intención original.

Entonces, ¿una obra pertenece al artista? Mi respuesta reflexiva me dice que no. De la misma manera en que el conocimiento está protegido por la sabiduría, la obra del artista está protegida por su propio ser y vivir, por sus talentos y esfuerzos, por no únicamente plasmar todo en un instante, sino que busca hacerlo en todos los instantes posibles con sus distintas creaciones. Si el pintor logra transmitir sus intenciones estarán protegidas en su obra, pero si estas se ven distorsionadas por el nivel de vivencia, comprensión o sensibilidad nuestras, siempre veremos la obra con ojos que no son los de él, y así es la forma en la que la hacemos nuestra. Por lo tanto, es probable que en el primer instante que el autor muestre su obra, deje de ser suya.

Y, con lo anterior, la respuesta a la segunda pregunta está casi respondida. Los que conocen al autor, podrán deducir que lo plasmado en su obra, ya sea que la explique o no, es su rendición al momento en que sus trazos (con su propia técnica y experiencias) se vierten con una imaginación creadora a la satisfacción personal de esa unificación de contrastes, del blanco al negro con sus innumerables colores intermedios, de las luces y las sombras, de lo efímero a lo significativo, de la fealdad de la nada a la belleza de algo, de lo humano a lo divino. Y conociéndolo, sabremos que se pudo expresar correctamente.

Pero aquí de nuevo hay una segunda opción. Apreciar la obra de un autor que no conocemos nos acerca a él y, eventualmente nos muestra, a través de su propia obra, lo que él quiere que conozcamos de sí mismo. De esa manera podemos conocerle con los sentimientos que nos genera al contemplar su creación, podemos compartir una idea mutua o un sentimiento nuevo u olvidado. No por nada, al contemplar una obra que hicimos nuestra, esa que colgamos en una pared de casa, al pasar delante de ella sonreímos, y lo hacemos porque es un recordatorio de un momento lejano propio, o porque nos maravilló su simetría, porque nos fundó una idea o incluso porque nos atrajo tanto que no podemos describirla…y esa es la forma en que conocemos al autor.

No por nada, también sonreímos al ver una pintura en la pared de un rincón escondido de esa calle general y nos sentimos atraídos por su autor.