DIARIO CRÓNICAS DE ARIES
La importancia del Mural «Historia del Estado de Morelos,
Conquista y Revolución» del pintor mexicano Diego Rivera.

Asimilando el vigor constructivo.

Por Eduardo Alarcón Orozco. – 8 de diciembre de 2025.

La Importancia del Mural

El mural de Diego Rivera en el Palacio de Cortés.

El Palacio de Cortés es una de las edificaciones más antiguas realizadas con una perspectiva europea y una visión ibérica en el continente americano y que actualmente es la sede del Museo Regional de los Pueblos de Morelos en dónde en su interior se puede apreciar un mural de Diego Rivera, pintado durante los meses de enero a septiembre del año de 1930.

Dicha fortificación palaciega, se ubica en el lugar que fuera el Tlatocayancalli (La casa donde concurren los arroyos) y que después de ser destruido por los conquistadores se inició su edificación con la concepción arquitectónica del año de 1530 como fortaleza y residencia familiar de Hernán Cortés y sede del Marquesado del Valle de Oaxaca. Tuvo múltiples usos a lo largo y ancho de casi 500 años ya que se utilizó para diversas funciones. A inicios del siglo XIX, pasó a ser la cárcel real y en 1855 sirvió como sede del gobierno provisional de la República de Juan N. Álvarez. Poco después, entre 1864 y 1866, el edificio se convirtió en el despacho oficial del emperador Maximiliano, y en 1872, cuando la República fue restaurada, el nuevo gobierno del estado de Morelos eligió el edificio como sede principal.

La Importancia del Mural

Es un punto de referencia e identidad de la ciudad de Cuernavaca y en el Estado de Morelos. Se localiza al sudeste de la antigua Villa de Cuauhnáhuac en la pendiente de la cordillera occidental del Anáhuac, donde citando al varón A. Von Humboldt refirió “…explora la feliz región que los habitantes llamaban “tierra templada”, por razón de una eterna primavera…”, que todavía el día de hoy se disfruta al grado de que grandes artistas que vivieron recientemente en Cuernavaca como el pintor Jorge Cázares que la describió al expresar cito; “viví en el paraíso”.

Un tesoro que busca resaltar el vigor constructivo de pintores y escultores indígenas.

Al visitarlo, el Palacio de Cortés se puede apreciar desde varias perspectivas distintas tanto en su proceso constructivo, contemplando las diferentes etapas de su edificación en dónde podemos imaginar desde la nostalgia que produciría un conjunto de basamentos que intentan estar vivos con toda su cosmogonía y cosmovisión ancestral mostrando frente a nosotros todos sus secretos y energías que imitaban sus emplazamientos desde el movimiento de los astros en los confines de nuestra galaxia en este vasto universo, hasta su expresión ideográfica hablando por medio de metáforas abstractas en sus grabados, sus glifos y sus pinturas en un lenguaje artístico y filosófico de grandes proporciones y de un valor incalculable.

Encontrándose sus vestigios en un lugar estratégico como lo describe su nombre en donde se visualiza como un hermoso sitio y centro ceremonial dedicado a la potencia y a la energía del agua. Así, en el recorrido que el líquido vital lleva a cabo desde su deshielo y poco a poco en la formación de arroyos, humedales y riachuelos en un recorrido desde las montañas de la Sierra Madre Occidental y a través del cinturón volcánico compuesto de majestuosos volcanes hasta que baña las barrancas de lo que hoy conforma la ciudad de Cuernavaca.

Así, la casa donde confluyen los arroyos, el antiguo palacio de Cortés y hoy el Museo Regional de los Pueblos de Morelos es una trilogía metafórica en dónde emergieron a través de la observación e imitación que reprodujeron sus constructores por medio de un vigor constructivo propio de los indígenas (pintores y escultores) en el sitio en dónde quedó plasmada la riqueza cultural pictórica y escultórica de un lugar único en el mundo, que es historia viva.

El sitio, se encuentra en la tierra del Anáhuac una de las seis civilizaciones más antiguas de la humanidad que cuenta además con la sabiduría de sus conocimientos ancestrales por medio de la expresión y reproducción de su filosofía, la ciencia, la naturaleza y el arte que conforman su virtuosismo indígena. En una región estratégica que se cimentó en el estudio de la arqueoastronomía y de la mano con la alineación de sus edificaciones con el movimiento de los astros y su flujo energético cuya experiencia cósmica quedó registrada a través de las faldas de la Cordillera del Chichinautzin. Ahora, con la presencia de sus despojos de cuyo registro se observa en sus cimientos como si se tratara del corazón mismo de un cuerpo místico que aun permanece con sus latidos ralentizados indicando el sentir del pensamiento de sus ancestros y el destino de sus habitantes, salvaguardando su eterna presencia milenaria.

La Importancia del Mural

Después, se aprecia lo que fue una fortaleza y casa del marquesado con su correspondiente declive y abandono y su reconstrucción para apreciar los  cambios que esta sufrió para adaptarse a las diversas funciones que ha cumplido a lo largo del tiempo.

Actualmente, se puede disfrutar del valor museístico y cultural del palacio en el que se encuentra el más rico y complejo legado histórico del estado de Morelos, incluyendo una fascinante colección de restos arqueológicos, históricos y artísticos.

Entre ellos, destaca el impresionante tríptico “Historia del estado de Morelos, Conquista y Revolución”, como el mural de Diego Rivera en el Palacio de Cortés, situado en la terraza oriente del palacio, su lugar original.

El mural «Historia de Morelos, Conquista y Revolución» Diego Rivera fue un gran pintor y muralista nacido en Guanajuato, México el 8 de diciembre de 1886. A lo largo de su vida realizó varios murales, caracterizados por tener contenido político y una temática que remitía a lo local, a la vida mexicana, a las fiestas populares, al pasado indígena; en definitiva, a la historia de México. Como se señaló, fue en 1930 que Don Diego Rivera pintó el famoso mural que aún hoy puede verse en el recinto. Esta obra, en el Palacio de Cortés sintetiza  plásticamente la historia del Estado de Morelos; destacan las Figuras de héroes nacionales con profundas raíces regionales como Emiliano Zapata y José María Morelos y Pavón. Es considerado una de las obras monumentales más destacadas del maestro.

La Importancia del Mural

En su composición, Diego Rivera plasmó su obra dentro de la arquitectura del espacio, ya que los arcos y vanos de las puertas sirven de lienzo al relato de la historia morelense.

Está compuesto, por una coherencia en su paleta de color que conjuga para hacer efecto en la retina y es de explorarse a detalle que debajo de cada uno de su paneles, el artista pintó en grisallas escenas complementarias a su narración principal y que de una forma muy sutil llevan impreso ese mensaje que sólo una poesía pictórica ancestral del Anáhuac puede llevar a cabo lo que, se puede apreciar si se observa de frente y se lee de derecha a izquierda y dejamos salir el lenguaje entre el color vibrante y las grisallas que lo conforman.

Diego Rivera, pareciera haber recobrado como el aliento de la sabiduría de los abuelos y la mano maestra, con un vigor plástico en su confección similar a la de los Amoxchtlis (códices) Matrícula de Tributos y el Lienzo de Tlaxcala, descritos en la obra de fray Bernardino de Sahagún y en algunas piezas prehispánicas que se encuentran actualmente en el Museo Nacional de Antropología y de las que formaron su colección personal para hablarnos en ese idioma de metáfora viva entre la palabra y el sentimiento, a la luz de nuestro diario mirar.

Diego describe su mural.

En palabras de nuestro pintor, le damos voz en nuestro artículo para que sea él mismo quién nos hable de su obra maestra a 139 años de su natalicio.

«Decidí hacer escenas de la historia de la región en dieciséis paneles consecutivos, comenzando con la Conquista española.

Los episodios comprendían la toma de Cuernavaca por los españoles, la construcción del palacio por el conquistador y el establecimiento de las refinerías de azúcar.

El último episodio era la revolución campesina dirigida por Zapata. En los paneles que pintaban los horrores de la conquista española, hice un retrato del inhumano papel de la vieja iglesia dictatorial».

La obra, fue por encargo y sufragada por el embajador de los Estados Unidos de América en México, Dwight Morrow, quien se había asentado con su familia en la ciudad, en un costo de doce mil dólares. Mientras pintaba el mural, entre el 2 de enero y el 16 de septiembre de 1930, Diego y Frida vivieron en “Casa Mañana” de los Morrow. Al terminar el mural, Elizabeth Cutter Morrow, esposa del embajador, solicitó a Diego copiar un fragmento del mural en un cuadro, para regalarlo a su esposo para su cumpleaños en enero de 1931. Esta obra se llamó «Market Scene», y al paso del tiempo acabó por exponerse en el famoso MOMA de Nueva York, que se caracterizó por ser una escena en dónde se representa el pago del tributo que hacían los indígenas a los españoles. Fue así, que Diego Rivera, siempre puso en el centro de su obra a los sectores populares como los campesinos, los obreros y los soldados casi todos ellos indígenas, por lo que
se le considera el precursor del “Indigenismo Artístico”.

Vigor constructivo artístico y escultórico asimilado.

En el imaginario sobre la Conquista, ocupan un lugar especial las representaciones creadas por Diego Rivera. Desde hace casi cien años, un grupo de imágenes tomadas de su obra mural se multiplican en libros de texto, postales, videos y todo tipo de formatos y medios. El caleidoscopio de  representaciones riverianas sobre la guerra de conquista ha servido, una y otra
vez, para ilustrar la violencia, crueldad y ambición desmedida de los  conquistadores españoles.

Luchó con el pincel por el fomento a los derechos humanos de las clases más desfavorecidas de México, y hoy a sus 139 años de su nacimiento, le recordamos.

No es exagerado, pensar que la ausencia de una historia anterior a la conquista dejó de ser plasmada en el mural y ello, deja una interrogante que nos conduce en el sentimiento de la perspicacia plástica al preguntarnos ¿qué había en la historia más atrás de la llegada de los españoles a tierras Tlahuicas (Valle de Cuauhnahuac)?

Por lo tanto, se aprecia un sentimiento antihispanista en la obra que se extiende a lo largo de los 16 paneles y continúa y sigue nutriéndose de esas visiones pictóricas de soldados malencarados y avariciosos que cargan bolsas de oro, destruyen todo a su paso, someten y vejan a los indígenas, marcan sus cuerpos con fuego y los explotan de forma inhumana como fuerza de trabajo. En cuanto a Hernán Cortés, se encuentra en nuestro inconsciente colectivo el retrato que le dedicó Don Diego Rivera con una pincelada de elocuente condena que, adquiere su discurso pictórico de la mano de las grisallas que muestran extáticos una dualidad metafórica.

Las visiones de la Conquista pintadas por Rivera se encuentran en tres programas murales: en el Palacio de Cortés en Cuernavaca en 1930, del cual versa este artículo; en la pared central del gran tríptico mural conocido como Epopeya del pueblo de México (1929-1935), que se encuentra en la escalera principal del Palacio Nacional; y en el célebre panel titulado “La llegada de los españoles a Veracruz (1951) que sirve como remate a una serie de murales sobre el mundo indígena situados en el corredor del primer piso del Palacio Nacional (Cd. De México y sede del gobierno federal).

Sin embargo, al hablar de estos pasajes pictóricos que forman parte de interpretaciones de la historia nacional que Rivera comenzó a idear en la década de los años veinte y que, con el paso de los años, fueron volviéndose cada vez más radicales en su crítica a la conquista también lo fueron, respecto del hecho que pasa desapercibido al igual que sus grisallas del mural de la propuesta plástica casi inenarrable en imágenes extraordinarias de un manejo compositivo y coloreo contemplativas de rostros y cuerpos riverianos que ubican al espectador en la interrogante sobre lo que se ha transformado y han alcanzado dichas clases sociales a casi noventa y seis años de su realización.

Como hombre que nació a finales del siglo XIX, el fundamento de la educación histórica de Rivera se sitúa en obras del repertorio historiográfico liberal, como el compendio de México a través de los siglos (1884-1889) y los libros de Justo Sierra (México, su evolución social e Historia patria), que en tiempos de transformación se puede apreciar que con respecto a su amoxchtli (códice) pictórico, todo permanece prácticamente sin cambios.

Este mural, contiene dentro de su grandeza plástica la explosión de color y el deslumbre de lanzas, escudos, arcabuces, armaduras y próceres de la historia y contiene el proeza pictórica de alcanzar la curva del tiempo y del espacio en un señalamiento de continuidad no sólo a una tradición artística sino de la maestría en amalgamar la relación entre los fenómenos culturales y sus causas civilizatorias que Don Diego Rivera alcanza a considerar como una consecuencia de las acciones, como lo es el vigor constructivo de los pintores y los escultores indígenas a los que les da vida casi sin nombrarlos y casi sin estar pintados. Es en la dualidad unida del “Tiempo y el Espacio” verdadero por medio de los cuáles inmortalizó los momentos que conectan al Anáhuac contemporáneo a través del mito y sus rituales, con los ancestros fundadores, quiénes crearon al mundo sacándolo del caos primigenio y estableciendo el orden; realizaron la primera limpieza del bosque, fundaron el primer pueblo, cazaron la primer presa y sembraron la primer cosecha y cuya ausencia, recrean un discurso atemporal y curvilíneo con el proceso civilizatorio.

También, por medio de la pintura de historia que se practicó en las últimas décadas del siglo XIX en la Academia de Bellas Artes, en dónde el propio Rivera reconoció la importante influencia de su maestro, el artista Félix Parra, quien pintó cuadros que generaron polémica en su momento: Fray Bartolomé de las Casas (1875) y Episodios de la Conquista. Matanza de Cholula (1877). Pero, va más allá del carácter del pensamiento histórico de Rivera su convicción y militancia, que ahora se revela próximo a cumplir 100 años de la creación de nuestro mural que lo llevó no sólo a concebir el desarrollo de la historia de México en términos dialécticos, como el resultado de confrontaciones entre fuerzas opuestas. Sino que, en esta idea, la guerra del siglo XVI se presenta como el momento en dónde se instala la injusticia, la desigualdad y la explotación social en México que no ha cesado. En dónde la conquista, la esclavitud y el abuso se perpetúan en una línea del tiempo mediante diferentes formas de opresión, que solo la concepción de un pueblo unido podrá desterrar y de que su momento histórico ha llegado.

El mural, discurre en la parte monocromática sobre la sabiduría de nuestros ancestros pero que en la narrativa de la obra parece ausente y a la vez deja un testimonio de lo que los ancestros creían que atravesaban al cruzar los períodos de la vida como son el nacimiento, la madurez, el matrimonio y la muerte, considerados momentos de crisis donde las fuerzas del caos podían tomar posesión del individuo como acontece en el mural. La obra lo va describiendo en este espacio de historia de la conquista y de la revolución y que en sus grisallas de cuyas transfiguraciones dan lugar a esos rituales que antes fueron repetidos por sus descendientes para volver a ese momento primigenio y garantizar su superviviencia y que ahora, están cobrando vida en la vuelta de los ciclos dentro del conocimiento del Anáhuac que permiten la reconfiguración de la línea de tiempo para quienes toman consciencia de ello a fin de garantizar el desarrollo pleno de las próximas generaciones.

Ésta visión, que asumió en su obra y que se refleja en su propuesta pictórica homogénea y coherente dan por parte de Diego Rivera un enfoque científico de la historia liberal de México y el hecho de que se apoyó en fuentes auténticas y legítimas como Amoxchtlis, documentos coloniales y ediciones facsimilares (códices) a consdieración del autor pero que han sido puestas entre comillas por estudiosos y críticos cuya suficiencia ahora ha quedado superada, ya que la transfiguración de clases por el lenguaje popular con tonalidades de modernidad le dan una característica contemporánea pero no dejan sin lugar a dudas de establecer un diálogo con la historia y una renovación de la búsqueda perpetua del habitante del Anáhuac para recordar quién es y sus verdaderos orígenes, claro sin dejar de mostrar su maestría en el manejo de las escuelas clásicas y renacentistas que le dan a la obra un realce de no ser una improvisación sino un arte a la altura de la herencia de una gran civilización y de ser un portento universal.

Es indudable, que la obra colorida en la parte de los paneles adquirieron un atractivo irresistible para su contemplación pero sin lugar a dudas la experiencia de ver este mural y sus grisallas generan en lo superficial la condena por la destrucción del mundo indígena, análisis por la vertiente de la historia, pero en lo profundo es un mensaje para contemplar sobre los pilares de la nueva historia contemporánea a las clases más desfavorecidas dando pie a la eclosión que permita su renacimiento cultural para reestablecer la vigencia de los principios del Anáhuac que han sido una matriz cultural y sus orígenes en esta tierra parte de un ciclo interrumpido e invisibilizado que nos llevan a su redescubrimiento en una correspondiente actualización.

Sin perder de vista, al igual que como sucedía en el mundo de hace cien años cuándo fuera realizado el mural en una terrible depresión económica, una primer guerra mundial, una post revolución en México, una trágica y desconsolada panorámica de un mundo preparándose para una segunda guerra mundial y el avance de los totalitarismos o peor aun del fascismo, el genocidio, la lucha de clases, el racismo y otros cánceres humanos. Así, como sucede en la actualidad que vemos un nuevo mundo tetrapolar, con potencias ancestrales que como China o India conservan su cultura, hablan y así se identifican mediante su propia lengua y costumbres milenarias y llamándose así mismos por su nombre y que claramente ello en nosotros no acontece, se dio una pausa de nuestros orígenes, de nuestra lengua y se descolocó la identidad de los habitantes del Anáhuac en el proceso colonizador y una efervescencia criolla.

El mural, atiende a repensar como era y como sería esa identidad y nos prepara para concebir la idea de liderar una nueva era en conformación dónde se dejan atrás métodos individualistas de supervivencia y consumo y se redirige la visión hacia la revalorización del tesón artístico y su propuesta vital ante una era con base de progreso y tecnológica en dónde se priorizan factores que deberán acompañar el proceso civilizatorio y que ya son el futuro de las sociedades del orbe y su nuevo balance de poderes y convivencias, sin dejar de reconocerse así mismos que es dónde el mural cobra vigencia y actualidad.

O bien, como acontece actualmente que en la conformación de luces y sombras entre las potencias como Rusia o Estados Unidos que marcan la tendencia en políticas con zonas de influencia y de militarización como equilibrio de poder y control nuclear que hacen que existan razones de más para que los pobladores del Anáhuac, la América Mexicana u hoy el país llamado México se presten a ocupar su lugar dentro del escenario civilizatorio como la potencia cultural que es y de cuya matriz de civilizaciones como la Tlahuica no sólo de ésta tierra bendita que ya ha sido ágora de ello en otras épocas sino que, ahora, el mural se desvela al estar siendo convocada a posicionarse en el lugar que narran sus paneles y grisallas desarrollando todo el vigor constructivo interior dentro del proceso comunitario y de máximo potencial de sus individuos que al permanecer unidos en consonancia colectiva y en devoción creativa y cultural son forjadores de la continuidad de una cultura milenaria que supo trascender y evolucionar.

En conclusión, el mural propone a consideración del de la voz a atender la convocatoria de conformar la vanguardia en el cambio civilizatorio en un mundo que parece estar creándose así mismo e inventando sus nuevas formas de coexistir pero que, vuelve sobre sus anquilosados errores de consumo y de holocausto, por lo que resulta ser de gran formato como la obra misma el retomar sus elementos culturales y civilizatorios que forman parte de la esencia de los que habitan y habitaron la tierra de Cuauhnáhuac, en el Estado de Morelos de México, que hoy conforman un reservorio milenario de elementos, almas y energía con creencias de corte humanista y con una herencia de alta calidad espiritual y trascendente, con una cosmogonía y una cosmovisión en proceso de redescubrimiento en suma creativa, artista y escultórica de cuya técnica que fue y sigue siendo parte de su pensamiento y sus sentimientos, que son también sus valores y su cultura y que día a día nos convocan a vislumbrar el reto de llevar a cabo nuestra misión en comunidad como alternativa de la determinación y la potencia de reconstruir de manera colectiva y con vigor una sociedad fraterna y solidaria de gran envergadura y al tamaño del reto que imponen los tiempos, como lo observa y propone el mural de Diergo Rivera.

Bibliografía.
Suplemento Cultural El Tlacuache número 918. Centro INHA, Morelos.